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Sobre ética, cultura y desarrollo
Por:Saúl Sosnowski
Profesor Universidad de Maryland, College Park
La conjunción de los términos "ética", "cultura", "desarrollo", así como el escenario de esta iniciativa, subrayan una preocupación cada vez más generalizada ante deficits que no son fácilmente computables y que quizá –finalmente— serán incorporados, en tanto componente integral y no como gesto de preocupación subsidiario, al diseño e imposición de las políticas de mercado. Etica y cultura, entendida ésta en sus diversas acepciones, son factores que frecuentemente han sido soslayados al configurar estrategias de desarrollo. Enfrentados a economías que, a pesar de su crecimiento (al margen de las que han entrado en crisis), no logran mitigar las alarmantes cifras de la pobreza, del desempleo y de un creciente régimen de exclusión, se ha vuelto ineludible explorar otros términos de la ecuación.
El interés por conocer las fallas y el alcance restringido de programas de desarrollo, está supeditado a urgencias mayores, particularmente cuando se registra que la esfera político-social es cada vez más inestable, y que un creciente sector de la población cuestiona los réditos y valores de la democracia. En otras palabras: para la vasta mayoría de los países americanos, la crisis del modelo económico, impuesto como si fuera propio de la democracia, apunta a un número mayor de falencias que logros. Tal como se puede constatar para cada uno de nuestros países, en condiciones proporcionales a la gravedad de la crisis, el fracaso de planes financieros contribuye al deterioro de esa democracia que supuestamente debía apuntalar.
Si partimos de la base que el desarrollo tiene como meta promover el bienestar de la población, las estrategias que derivan para América Latina y el Caribe los peores índices del mundo en la distribución de la riqueza, pueden y deben ser vistas como una violación de los principios éticos que abogan por la vida, por el ‘bien ser' (y no solamente por el ‘bien estar'), por la equidad y por una igualdad de oportunidades. En una era definida por el imperio de "la economía de la información", esto último nos conduce al dominio de la educación y a los diversos grados de acceso a la tecnología que rige la disponibilidad de esa información.
Incorporar la ética a los considerandos de las estrategias de desarrollo y hablar de educación, como también de salud, implica articular y coordinar las responsabilidades del Estado "necesario pero insuficiente y cada vez más disminuido por la acrítica apuesta a las privatizaciones" con las del sector privado y con el creciente número de organizaciones no gubernamentales. Frente a la vulnerabilidad social, a la violencia, a la vida en estado de riesgo e inseguridad, éstas constituyen la red solidaria que repara algunas de las fisuras generadas por condiciones que ya han sido ampliamente documentadas y que, en el actual proceso de globalización, de interdependencia, trascienden las fronteras nacionales y regionales.
Este mismo proceso remite a un dilema cultural en el que se hacen cada vez más difusos los límites entre lo local y lo global, lo autóctono y lo transnacional, la ciudadanía entendida en función de un territorio, y la ciudadanía global. Registrado en rubros que van desde las artesanías a la música y al cine, así como, entre otras expresiones, a las letras, los productores culturales dirimen una sintonía arraigada en lo geográficamente más próximo y en aquello que ya ha tomado posesión del espacio. Junto al culto de la diferencia (y a sus agravantes étnicos y nacionalistas) se ha generado una cultura planetaria de corte predominantemente urbano. Cuando hablamos de integración y resistencia a la asimilación; de ser modernos y no dejar de ser lo que se ha sido o se ansía ser, nos instalamos en variantes de la historia cultural americana. Hace unas décadas esa oposición cifró un malentendido entre Cortázar y Arguedas, entre la quena y la trompeta, metonimia de la tradicional dicotomía de ribetes decimonónicos "campo-ciudad", y que hoy se deja oír entre Macondo y McOndo, entre el mito ancestral y la pertenencia a la patria de los aeropuertos y la singular cosmópolis. Por el deseo de ser reconocido individualmente por una u otra variante, frecuentemente se olvida que todas ellas son legítimos anclajes de nuestras regiones.
Sin embargo, y a pesar del goce semántico, donde se dan las mayores discrepancias y distanciamientos en torno al conocimiento y donde se dirimen los futuros de la humanidad en sus diversas configuraciones no es en la cocina del escritor ni en el taller del artista, como tampoco en la capacidad interpretativa del texto que conjuga identidades, sino en la dimension del espacio, en la fibra óptica, en el acceso a la información, en la tecnología de punta. En su momento, Sarmiento había concebido la educación como guerra. Hoy, la educación es la plataforma de lanzamiento hacia el futuro; sus recortes, en nombre de la obediencia a una reestructuración financiera, una catapulta hacia la miseria de la marginación. Lo cual es otro modo de decir que todo programa de desarrollo que no incorpora este principio básico, al inhibir o cancelar el avance del individuo y de su núcleo social, inscribe su partida en una transgresión ética.
Cuando hablamos de arte y literatura, de cultura en su acepción más restringida, aceptemos que ninguna expresión artística está obligada, ni debe responder a mandatos ajenos al de su propia especificidad, si bien periódicamente retornamos a los argumentos propios de etapas fundacionales en que se conminaba al artista, al intelectual, a comprometer su práctica a necesidades históricas y sociales. Por el contrario, ante la institución de la cual es parte, la cultura incide en las normas, abre tajos que incitan a ver, a pensar y a actuar de modo alternativo. Al develar versiones oficiales de la historia y al ver el otro lado del espejo, reconocemos que se opera un sentido de la verdad frente al engaño sea éste el político o el no menos pernicioso de la falsedad existencial, de lo legítimo frente a lo usurpado. Se dirá que estos son encuentros privilegiados, instancias a las que sólo acceden individuos agraciados con una alta cultura. Y sí, aceptemos que la exquisitez de tal privilegio existe, que también lo es reconocer el encuentro con una verdad y con una responsabilidad ética, que las polarizaciones sociales y culturales son endémicas, y que su reconocimiento -que no equivale a aceptación- es el punto de partida necesario para acceder a otras versiones de lo que entendemos por cultura. En la medida en que las instituciones sólo entiendan por cultura una imagen de goce circunstancial y periódico, no habremos avanzado hacia la dimensión en que, en tanto fibra que suma hábitos, conductas y aspiraciones, se instala junto a educación, organización social, equidad, justicia y democracia y, atravesando cada una de estas áreas, se enfrenta al compromiso ético con los valores que deberían hacer menos violenta la convivencia.
Es precisamente en esa intersección donde la relación cultura-educación-desarrollo se vuelve inseparable, si es que ha de estar regida por la ética que exige el bienestar en la cotidianeidad de nuestros compartidos días. Es a partir de ese encuentro que el derecho individual se conjuga en el derecho colectivo que lleva al reconocimiento de un orden superior: el de los derechos humanos. Es allí donde se incorpora a la ética en la gestión cotidiana; donde se acepta que hay lugar para el arte que apunta al consumo masivo reconociendo en el acceso un mecanismo de democratización, aunque aún restringido, a lo que solía ser el predio de núcleos selectos. Es también allí donde cabe considerar desde diferentes perspectivas las funciones de museos y galerías y, en su totalidad, las dimensiones de la educación en cada uno de sus niveles.
Por diversas y atendibles razones, los organismos multilaterales han tendido a privilegiar la educación básica frente a la terciaria. Al instrumental mínimo de la alfabetización cabe sumar, sin embargo, otros elementos que contribuyen a la construcción de la ciudadanía y la convivencia, tanto la local como la que se manifiesta en el concierto de las naciones, e instalar la discusión ética en todas las áreas: desde el aprendizaje del manejo de conflictos en las escuelas primarias hasta la reducción de la violencia y de la programación vulgar en los medios de comunicación masiva.
Pero para ello también se impone una mayor atención al papel que desempeñan y pueden ejercer las universidades. Son, más allá de lo específicamente didáctico, centros de investigación y producción de nuevos saberes e incubadoras de nuevas empresas, así como formadoras de una ciudadanía global. Sirven, asimismo, como foro para ejercer un mayor criterio ético en toda intervención social y científica. Me refiero a la posibilidad de optar por líneas de investigación y promoción industrial y tecnológica tendientes a mejorar las condiciones de marginalidad y pobreza extrema. Tal decision requiere, a su vez, inversión en infraestructura tecnológica y una programación razonada de las carreras académicas. Se impone asimismo, en un orden que define una de las funciones medulares de la universidad, interrogar el sentido mismo de los procesos en que está involucrada y que hoy en día incluye, para las instituciones latinoamericanas, considerar las relaciones dinámicas entre globalización y el creciente énfasis en la diversidad cultural.
Ni la actual globalización ni la iniciada en 1492 han logrado cancelar la diversidad, aunque sí han acentuado territorios de reconocimiento y de homogeneización. Trátese de construir una nación, o de promover una versión unificadora del desarrollo económico, los argumentos se basan en la verdad de quienes detentan el poder. A partir del instante en que para acceder a otro estadio se exige la entrega de la identidad, se instala, aunque por lo general sólo para quien debe hacer entrega de su ser, un problema ético y visceralmente vital. Como parte de esa misma dinámica entran en funcionamiento mecanismos de exclusión y de marginación junto a estrategias de supervivencia que interrogan los principios mismos de la democracia.
Promover una cultura democrática es competir con urgencias mayores, tales como la indigencia y la inequidad, la violencia, el narcotráfico y la corrupción, la reforma judicial y la modernización de los sistemas electorales. Sumemos una educación deficitaria, la creciente brecha digital, la dramática disparidad en infraestructura entre países desarrollados y los rubricados como países en vías de desarrollo, tanto en el número de líneas telefónicas como de computadoras y en la concentrada producción de información tecnológica en los países industrializados. Y a todas estas urgencias agreguemos el principio fundamental de vivir la democracia y no solamente desempolvarla para la celebración de sus ritos electorales.
Para dar cuenta de algunos de estos requerimientos, y para responder a la dimensión práctica de la convocatoria que nos reúne, me permito poner a su consideración una actividad que estamos llevando a cabo ahora en Venezuela durante uno de los períodos más convulsivos y desafiantes de su historia constitucional. Se trata de la producción de fascículos educativos para una serie que se llama precisamente "Vivir la democracia" y cuyos objetivos expresos son:
- Fomentar la conciencia y la participación ciudadana;
- Divulgar los deberes y derechos de la ciudadanía;
- Promover la responsabilidad ciudadana en el sistema democrático;
- Fortalecer los vínculos comunitarios y promover la solidaridad;
- Fomentar el diálogo y el respeto por las diferencias;
- Reforzar en la colectividad el sentido de pertenencia y de nación;
- Apoyar los contenidos curriculares vigentes con materiales divulgativos que promuevan los valores de la democracia.
La concreción surgió poco tiempo después de presentar la propuesta en el seminario sobre "Cultura y recuperación nacional", realizada en abril de 2000 con los auspicios del Banco Central de Venezuela, la Fundación Bigott, la Fundación Polar y la Corporación Andina de Fomento. La tragedia en el Estado Vargas fue el detonante para una primera colaboración entre estas cuatro entidades y su acogida por los representantes de diversos sectores culturales ha servido para comprometerlas aún más en áreas de producción cultural. El viceministro de cultura venezolano, que intervino en el seminario, recogió la propuesta de los fascículos didácticos y tras una reunión de consultores obtuvo un rubro presupuestario del Ministerio de Educación.
También se logró la colaboración del sector privado y el compromiso de uno del diario El Nacional, uno de los mayores diarios venezolanos, para incluir los suplementos mensuales como encartados en su circulación nacional a partir del primer viernes de octubre de 2001.
En estos momentos un equipo está seleccionando y preparando materiales artísticos, gráficos, literarios, periodísticos y lúdicos que servirán como material didáctico y estímulo en torno a 10 temas que subrayan valores y necesidades: libertad, convivencia, igualdad, tolerancia, solidaridad, honestidad, derechos, responsabilidades, pertenencia y participación. Durante diez semanas consecutivas aparecerá en el periódico un fascículo de 12 páginas, en formato de 1/8, a todo color y con abundante material gráfico. Un mayor número de ejemplares será repartido en escuelas y liceos y también se lanzará con apoyo electrónico. Una vez encartados los materiales, se publicarán guías o manuales para maestros de educación básica y para profesores de educación secundaria. Como parte integral del proyecto, se planean talleres de asesoramiento para maestros así como la publicación de materiales adicionales para apoyar la actividad docente. Una vez evaluada la recepción de los 10 temas seleccionados para esta primera programación, procederemos a la preparación de una segunda serie para el siguiente año.
Lo que se está realizando en Venezuela con aportes gubernamentales y del sector privado -y que se presentará próximamente a consideración de los otros países andinos- es un resultado concreto de los presupuestos que organizan "Una cultura para la democracia en América Latina", proyecto diseñado y lanzado por el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Maryland en 1995. Otro resultado concreto se ha registrado en Brasil.
Recientemente, junto al Ministro de Cultura de Brasil, Francisco Weffort, recibimos en Sao Paulo los resultados de ocho investigaciones realizadas sobre valores democráticos, cultura y educación, parte del proyecto financiado por el BID con la rúbrica "Una cultura para la democracia en Brasil". Hemos comenzado a elaborar los parámetros de una actividad similar a la venezolana para el Brasil, ajustándola, por cierto, a la especificidad cultural y geográfica del país. Menciono un tanto detalladamente esta apuesta a la incorporación al saber ciudadano de valores éticos, de convivencia, que informan y constituyen las relaciones cívicas de la sociedad, porque considero imprescindible subrayar la dimensión de lo posible. También para tener presente que todos los esfuerzos realizados a través de estudios, consultorías y conferencias, si bien valiosos en su dimensión humana y académica, serán insuficientes si no los traducimos a un régimen de acciones concretas.
Los interrogantes a los cuales debemos enfrentarnos, refrendados por cifras y gráficos, revisten lo urgente de la supervivencia. Las consideraciones aquí expuestas, y que emanan de las letras, no pretenden imponer cambios súbitos y radicales, sino más bien trabajar desde y con diferentes sectores para contribuir al fortalecimiento de condiciones necesarias para el desarrollo de la sociedad civil en sus renovadas funciones, para mostrar que vivir en un espacio de libertad con acceso a condiciones de progreso ofrece réditos que no pueden ni deben ser soslayados. Frente a los desafíos que deben ser superados, y junto a fórmulas ya probadas, considero que las estrategias de desarrollo deben considerar e incorporar los principios propios de "una ética sustentable".
Fuente
Documentos del Encuentro Internacional de Etica y Desarrollo, BID, 7-8 de diciembre de 2000.
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