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Entrevista con Cristiane Mafacioli Carvalho

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Cristiane Mafacioli Carvalho es profesora del Curso de Comunicación de la Universidad de Cruz Alta, Rio Grande do Sul. Su tesis doctoral "Tevê: incursões sobre o discurso pedagógico", defendida el año pasado en la Unisinos (Estado de Rio Grande del Sur) y que analiza las características, estrategias, configuraciones y mecanismos expresivos que se emplean en la construcción de la televisión educativa, es una de las finalistas al Premio Intercom / 2005.

¿Qué debe guiar el trabajo de una TV educativa?

Rio Medios: Usted afirma en su texto que la historia de los canales educativos brasileños demuestra que nunca han contado con una programación definida, adecuada a los reales objetivos propuestos por una emisora de ese carácter. En este sentido, ¿cuáles considera usted como los reales objetivos de una emisora educativa? ¿Podríamos decir que se trata de objetivos universales, o sea, no dependen del país, el pueblo y la cultura? ¿Las TV educativas deben y pueden guiarse por los mismos objetivos?

Cristiane Mafacioli Carvalho: Antes que nada, me parece pertinente aclarar que el término “TV educativa”, en mis estudios, no se refiere exclusivamente a las emisoras públicas/estatales. En un sentido más amplio, trato de la TV educativa como el medio televisivo responsable de la producción de programas fundados en proyectos volcados hacia acciones educativas. En ese contexto, entiendo que el real objetivo de una emisora educativa es caracterizarse por la oferta de informaciones necesarias a la formación de determinados saberes del individuo, a la construcción y acumulación de conocimientos. Esa formación, como bien lo sabemos, le da al individuo la posibilidad de una cierta autonomía que le permite una inserción social más efectiva, creadora y por lo tanto, productiva. ¿Son estos objetivos universales? En principio, sí. Creo que cualquier país, pueblo o cultura comprende los principios de la educación de forma semejante y consecuentemente la TV – con función educativa – pasa por esos conceptos y concepciones. Sin embargo, como lo sabemos, en algunos países (especialmente aquellos en desarrollo), la deficiencia en el campo de la educación hace crecer mucho las expectativas alrededor de esos objetivos y principalmente, sus resultados.

R.M.: Considerando este contexto, ¿podemos afirmar que la TV educativa brasileña está perdida, sin identidad ni objetivos claros?

C.M.C.: Los objetivos me parecen muy claros. Hay criterios normativos adoptados desde 1999 por la Abepec (Associação Brasileira de Emissoras Públicas, Educativas e Culturais), en los que las TV educativas se comprometen, entre otras cosas, a: 1) trabajar por el bien de la sociedad, educando, informando y entreteniendo; 2) buscar la inclusión social, la defensa de la pluralidad y las minorías, la formación de la identidad cultural; 3) promocionar el respeto a la inteligencia, la sensibilidad y el espíritu crítico; 4) repudiar estímulos al consumismo y formas de violencia. Creo que esos preceptos señalan hacia la gran diferencia entre canal comercial y canal educativo: en el primero, puesto que su principal objetivo es vender audiencia, se reduce el papel del televidente al de consumidor; en el segundo, como al televidente se le considera un ciudadano, se persiguen otros valores. Lo que parece darse es un desajuste entre los objetivos de la emisora y la producción de los programas. Teóricamente, una vez ajustados, se crearía la identidad de esas emisoras como canales interesados en promocionar el conocimiento y el saber, a partir de la calidad de producción y, por lo tanto, del consumo placentero de esos programas de parte del receptor. Pero lograrlo no es tan fácil. Está la formación de todo un sector, el de la TV educativa, constituida a lo largo de los años en Brasil. Ahí se insirieron leyes y deseos políticos de una época muy distante, pero que enrigideció durante mucho tiempo las prácticas de la TV educativa, cuyo resultado ha sido el modelo que hoy tenemos. Creo que fue esa historia lo que imposibilitó el establecimiento de una identidad propia.

R.M.: De acuerdo con su trabajo, la producción de las emisoras educativas todavía no ha logrado deshacerse del modelo erudito de la cultura formal ni tampoco democratizar la información para alcanzar a un público que sigue carente de educación y cultura. ¿Por qué eso?

C.M.C.: Parece que el problema está directamente asociado a los niveles de saber. En un país como Brasil, en que los niveles son diversos y alejados, es difícil elegir qué temas discutir en la programación y cómo tratarlos. Es cierto que el público con formación cultural privilegiada, que tiene a la cultura de tipo erudita y formal como parte de su modo de vida, quiere otro tipo de TV y no la que vulgariza la información y pasa por encima hasta del sentido común del televidente. Para ese público, programas de excelente contenido y exigencia de alta capacidad crítica y analítica, como los encontrados en las emisoras educativas, son muy bienvenidos. Pero, en términos de pertinencia, si hablamos de una programación que se exhibe en Brasil, donde la mayor parte de la población carece de formación cultural y educativa, debería privilegiarse también a ese tipo de público, tratando la cultura de forma más cercana al televidente, permitiendo que la información sea efectivamente aprovechada. La gran cuestión es: ¿para quiénes, a fin de cuentas, se produce la TV educativa brasileña? ¿De qué público se trata? ¿Cuáles son sus necesidades? ¿Cómo puede la televisión cumplir su papel de poderoso instrumento en la construcción de identidades sociales y culturales? Talvez el camino ideal para adecuar el medio a su propósito sea reflexionar, con honestidad, sobre quién es ese televidente al que la TV quiere educar. No es sencillo, porque se trata de televisión, un medio de masas, que alcanza a todos de la misma forma, sin que le importe el grado de saber o conocimiento individual. Pero la discusión, no por ser antigua, deja de ser necesaria.

R.M.: La mayoría de los ciudadanos vincula los programas educativos a lenguajes y narrativas aburridas, tediosas y sin gracia. Usted afirma que el gran reto de un programa educativo es ser tan atractivo como un programa que quiera ser apenas entretenimiento; y que informe tanto como la clase de un buen profesor. ¿Podemos entonces decir que éste es el nudo que las emisoras educativas deben desatar?

C.M.C.: Por supuesto. Es posible que eso se deba a las dificultades, que los productores encuentran desde siempre, de reunir en un mismo producto información, educación, cultura y entretenimiento. Hay en general, como lo señalan los estudiosos del texto televisivo, una inadecuación de lenguajes y formatos. Curiosamente, cuando surgen en el mercado televisivo volcado hacia la educación, productos que superan esas dificultades y alcanzan éxito, parecen ser fruto de tantos intentos, que es como si desconocieran el recorrido encontrado para la fórmula y hubieran llegado a ella por azar. Una vez más, la cuestión histórica, que es también económica, parece estar directamente vinculada a ese contexto, que es necesariamente el de la instancia de la producción.

R.M.: Todas esas cuestiones que usted plantea para las TV educativas, ¿pueden explicarse por el hecho de que son las emisoras comerciales las que establecen los parámetros de producción que las educativas deben seguir, y no al contrario? ¿Qué sería lo ideal? ¿Por qué esto se da?

C.M.C.: Se da porque el sistema de televisión brasileño ha sido creado a partir del modelo comercial, ya que se comenzó a pensar las emisoras educativas pasados ya 20 años de la creación de la TV en el país. De hecho, los Estados brasileños comenzaron a crear canales educativos financiados por el Estado, alguna fundación o Universidad estadual. Además, funcionaban como autarquías, siempre subordinadas a algún órgano del gobierno. Ese modelo de televisión se encontraba enrigidecido por la Ley de 1967, periodo de la dictadura, que decía que las televisiones educativas producirían apenas clases-conferencias y no podían recibir donaciones. ¿Y los resultados? Los 20 años de dominio de la televisión comercial en el mercado terminaron por formatar un modelo totalmente dependiente de fuentes económicas que no son propiamente públicas, lo que causa la generación de productos, la mayoría de las veces, con excelente nivel de producción pero no siempre con el mismo nivel de calidad en los contenidos, ya que están vinculados a intereses de patrocinadores y no ciudadanos. Así, el modelo que hay en Brasil está regido por el mercado de la TV comercial, que dicta el grado de calidad, el cual inevitablemente pasa por la inversión en tecnologías de producción más desarrolladas. La búsqueda de esa calidad implica la necesidad de grandes recursos financieros, hecho que dificulta la situación de las educativas, que en su gran mayoría son emisoras de carácter público y recursos reducidos.

R.M.: ¿Usted le ve alguna salida a las TV educativas? ¿Hay alguna experiencia interesante?

C.M.C.: Sí, hay una salida. La verdad es que las TV que desarrollan proyectos educativos han ya evolucionado mucho en la producción y la calidad. Diversos programas interesantes se han producido (Castelo RáTimBum será siempre un buen ejemplo de ese cambio) y los productos televisivos de tipo educativo comienzan a experimentar la sensación de que sí se les desean, sí se les mira, sí se les aprovecha en su contenido y expresión (y otra vez podríamos citar diversos ejemplos de la programación del Futura, como Alô Vídeo Escola (Hola Video Escuela), Nota 10, entre otros muchos). Pero recién empezamos. Por supuesto no podemos esperar que a las experiencias educativas se les llegue a considerar más que los proyectos comerciales, total, vivimos en un mundo en que el proceso capitalista de hecho domina y conquista los espacios más grandes. Pero podemos soñar, desear y claro, trabajar para que se dé ese cambio...

R.M.: ¿Qué debe guiar el trabajo de una TV educativa?

C.M.C.: Cualquier trabajo en televisión, especialmente el educativo, debe desarrollarse considerando que la TV no es un espacio de profundización de temas. Siempre que un programa ultrapase el tiempo que nuestro espectador puede invertir, estaremos desperdiciando el potencial de la media. Además, la TV es esencialmente el espacio de la diversión, el entretenimiento. ¿Cómo asociarlo, entonces, a la educación, ya que uno y otra parecen oponerse? Bien, un producto televisivo con función pedagógica puede perfectamente pretender a ambos objetivos: interesar y divertir. Total, para el televidente, la TV se asocia a entretenimiento y sin ello no permanecerá frente a la pantalla. De ahí el reto: no abdicar de las finalidades pedagógica, ser capaz de presentar informaciones importantes con lenguaje atractivo y propuestas estimulantes; despertar la curiosidad y el placer de aprender.

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